Corolario.
Raúl Contreras Bustamante
El pasado 12 de agosto se conmemoró el Día Internacional de la Juventud, que tiene como objetivo colocar en un primer plano ante la comunidad internacional los principales problemas por los que atraviesan los jóvenes; al tiempo de celebrar el potencial que tienen como protagonistas indispensables en la construcción de las sociedades en el mundo.
La juventud se identifica como el periodo de vida de una persona entre la infancia y la adultez; es decir es aquella que tiene entre 15 y 29 años de edad. De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica de 2023, en México hay 31.7 millones de jóvenes, que representan casi 24% del total de habitantes.
Atender la problemática de casi un cuarto de la población, representa un gran reto para el gobierno. En primer lugar, implica la obligación y responsabilidad de impulsar su educación de manera indispensable, ya que los jóvenes aún representan un bono demográfico capaz de impulsar de manera positiva el desarrollo de un país. Aunque el tiempo se agota, pues el porcentaje de la población que está envejeciendo crece de manera muy acelerada.
En la actualidad, las circunstancias políticas, económicas y sociales no les ofrecen muchas alternativas positivas a los jóvenes. Muchos de ellos carecen de oportunidades plenas de acceder a la educación de calidad para su desarrollo personal; de contar con suficientes espacios de participación social y política; de acceso a una vivienda digna y un trabajo decente. Es decir, en síntesis, de poder tener un futuro más seguro y sostenible.
El reto es formidable; sólo por poner un ejemplo: en nuestro país 14.3% de los jóvenes —es decir el 4.5 millones— no estudian ni trabajan. La pregunta es obligada: ¿en qué ocupan su tiempo esos millones de jóvenes que no están dedicados a estas actividades?
La respuesta es compleja y tiene muchas aristas, pero hay que decirlo: una de ellas es que la violencia se ha apoderado de muchos jóvenes. Como lo hemos comentado antes, de acuerdo con cifras del Inegi, la principal causa de muerte de las personas entre el grupo poblacional de 15 a 29 años de edad, son los homicidios.
Desperdiciar el bono demográfico que los jóvenes representan es ignorar el enorme potencial que tienen para impulsar el desarrollo del país, pero siempre y cuando se les brinden la capacitación y las oportunidades que necesitan. La educación de calidad de la juventud debe ser la principal apuesta. Aunado a lo anterior, es urgente e imprescindible para la salud y renovación de nuestra democracia que los jóvenes participen y se les abran espacios en los cargos públicos relevantes. La representación que la juventud tiene en la actualidad en la integración del Congreso de la Unión es muy marginal.
La construcción de una verdadera ciudadanía democrática y participativa no puede ignorar por más tiempo a los jóvenes. Integrarlos al espacio público significaría arrancarlos de las garras de la violencia y la delincuencia para utilizarlos para revitalizar nuestra sociedad; que corre el riesgo de envejecer y perder a toda una generación.
En estos tiempos, nuestra juventud está muy alejada de la política y de los políticos. Los ven con indiferencia y desprecio y los consideran como responsables de tenerlos condenados a vivir en una sociedad violenta, insegura y en donde no se les reconoce ni garantiza de manera plena su derecho al futuro.
Y esto debe cambiar pronto, porque de lo contrario seguiremos hipotecando el porvenir de México.
Como Corolario, la frase de la filósofa alemana Hannah Arendt: “Ningún Estado sobrevive cuando sus jóvenes aprenden a temer al mañana en lugar de construirlo”.
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