Que el destino se deprima

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Hay quienes mueren dos veces. La primer muerte es inevitable … pero la segunda queda en manos de quienes les rodearon. Y cuando se trata de un amigo, las dos van acompañadas del mismo, enorme, dolor.

Hace veintidós años falleció en Coatzacoalcos un hombre que encarnó una singular mezcla de técnico y poeta: Juan Duch Gary. Era muy joven, apenas 61 años, y cargaba con la responsabilidad de un vasto complejo industrial. El fardo de sus obligaciones terrenas lo venció una madrugada y se nos fue entre los brazos amorosos de Angelina.

Algunas notas, unos homenajes de amigos y poetas y muchas lágrimas lo despidieron antes de que el silencio comenzara a hacer su trabajo. Basta buscar su nombre para comprobar hasta qué punto el olvido puede ser más eficaz que la muerte.

Juan fue muchas personas al mismo tiempo. Ingeniero agrónomo, director de facultad universitaria, funcionario de la banca oficial y director de empresa descentralizada. Y, a la par de cumplir esas responsabilidades, poeta. No escribía para acompañar la vida. Escribía para entenderla.

No creo que se viera como una rara avis. Entre nosotros hay una tradición de poetas que sin renunciar a la literatura hicieron carrera en la técnica, la administración y el servicio público. Eduardo Villaseñor fue economista y director del Banco de México; Enrique González Martínez ejerció la medicina antes de ocupar cargos públicos y diplomáticos; Jaime Torres Bodet convirtió su formación humanística en políticas educativas; Rosario Castellanos trabajó en el Instituto Nacional Indigenista y fue embajadora; Griselda Álvarez llevó la poesía a la política.

A esa estirpe perteneció Juan Duch Gary: hombres y mujeres para quienes escribir versos no estaba reñido con administrar presupuestos, dirigir instituciones, diseñar políticas o hacerse cargo, en el sentido más literal, de una parte de la cosa pública. Compartíamos esa edad en la que todavía se cree que una conversación puede cambiar el rumbo de una vida.

Nos conocimos cuando éramos jóvenes y el futuro estaba en nuestras manos. Lo ayudé desde el Conacyt para cursar un doctorado en Francia y cuando yo mismo aterricé en la Ciudad Luz me recibió en su departamento de la Rue Couche. Me admiraba su disciplina. Si lo invitaba a deambular por el Louvre, hojear libros en Shakespeare and Company o tomar vin rouge en el figón de la rubusta cantante de ópera de la Rue du Chat Noir, me reconvenía con la firme admonición de que nuestra obligación primera era asistir al taller de estudio de Das Kapital.

Juan podía hablar de autores literarios con la misma naturalidad con que analizaba problemas de economía rural, del henequén o de los absurdos de la burocracia. Nunca dejó de sorprenderme esa convivencia de dos hombres en uno: el administrador obligado a resolver problemas cotidianos y el poeta que seguía mirando el mundo con los ojos del asombro.

No abundan los poetas que sepan leer un balance financiero. Tampoco los economistas que sean capaces de escribir versos memorables. Fui testigo doméstico de cómo el funcionario y el poeta convivían sin estorbarse. Podía disertar durante una hora sobre economía agrícola y, de pronto, detenerse ante una imagen, una frase o una nube como si lo único importante fuera escribir un poema. En eso era heredero del gran Eduardo Villaseñor, de quien se decía que sin perder el ritmo transitaba de un dilema financiero al análisis de la obsesión crematística de Shylock en El mercader de Venecia.

Quizá por eso una de sus poesías parece una suerte de autobiografía: Es una mirada honda. En estrofas de arquitectura que evoca aires de Archibald MacLeish, Juan nos dice:

Yo podría volar, si no mirara / adentro de los ojos del llanto / de los hombres / que pasan a mi lado, de los niños que juegan en la calle, / de los viejos que arrastran su cansancio / por este mundo de olvido inexplicable.

Lo suyo no sólo era una poética sino una ética. Volar sería fácil si uno aceptara la comodidad de la indiferencia. Lo difícil es seguir mirando. Mirar la pobreza. Mirar la injusticia. Mirar la belleza. Mirar la memoria.

Por eso nunca dejó de escribir, aunque la vida le exigiera administrar empresas, recorrer oficinas o resolver problemas de producción. Escribía porque había cosas que las estadísticas no podrían explicar.

No supe de su muerte cuando ocurrió. Hay noticias que llegan tarde y, precisamente por eso, nunca terminan de llegar del todo. Regresé al altiplano y seguí creyendo que en cualquier viaje de regreso volveríamos a encontrarnos y escucharía su conversación pausada que hablaba de economía con la misma pasión con que citaba un poema.

Hay administradores que terminan pareciéndose a sus expedientes. Juan nunca permitió que eso le ocurriera. Llevaba la poesía consigo como otros llevan un reloj de bolsillo: no para exhibirla, sino para consultar en silencio la hora verdadera de las cosas.

Veintidós años después, el mejor homenaje a su memoria no es repetir una fecha o colocar una ofrenda floral. Es abrir uno de sus libros. Leer uno de sus poemas. Pronunciar su nombre.

Hace unos días intenté encontrar una fotografía suya. Pensé que sería sencillo. Un antiguo director universitario. Un jefe de Cordemex. Un funcionario conocido. Un poeta publicado. Sin embargo, después de recorrer archivos digitales y bibliotecas virtuales, descubrí que su imagen casi ha desaparecido. Quedan sus libros. Quedan registros bibliográficos. Pero el rostro se ha ido borrando. Me pareció la metáfora perfecta del olvido. Y esa, a diferencia de la primera, todavía podemos impedirla.

En 18 de julio de 2003 Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez publicó una carta emotiva y dulce en memoria de su amigo, que termina con palabras que hoy hago mías:

“Ese hombre pulcro, honrado y recto, poeta y joven, murió feliz. A la manera de Borges logró el propósito de ser feliz siendo justo. Yo, desde mi refugio en este lado del Atlántico, le rindo homenaje usando aquella frase de Miguel Hernández, que Juan también usó para poner en boca de su personaje Oliverio Gambeta y digo: Juanito, ‘siento más tu muerte que mi vida’. Agrego para consolarnos, como Gambeta agregó: «no debemos abatirnos aunque la inclinación sea grande, siendo cosa del destino, dejemos que el destino se deprima».

30 de agosto de 2026

juegodeojos@gmail.com


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