Columnas

La lección de Messi

Arturo Reyes Isidoro

 

El viernes 4 de este mes terminó la expectación en el mundo deportivo por saber si el astro argentino Lionel Messi abandonaba el club de su vida: el Barcelona. Anunció que se quedaba una temporada más. El 25 de agosto había anunciado su salida.

«Voy a seguir en el club porque el presidente me dijo que la única manera de marcharme era pagar la cláusula de 700 millones, que eso es imposible, y que luego había otra manera que era ir a juicio. Yo no iría a juicio contra el Barça nunca porque es el club que amo, que me dio todo desde que llegué, es el club de mi vida, tengo hecha aquí mi vida, el Barça me dio todo y yo le di todo, jamás se me pasó por la cabeza llevar al Barça a juicio», dijo en entrevista para la web de noticias internacionales de futbol Goal.com.

En efecto, tenía la opción de iniciar un litigio ante tribunales específicos. Hubiera sido tal vez largo, muy costoso para las partes y de gran repercusión mediática tanto para él como para el club. Finalmente, si hubiera decidido seguir adelante, se hubiera ido, nada ni nadie lo hubiera retenido, pues una estrella como él cosecha millones de euros, de tal forma que hubiera enfrentado el costo económico que negociara y lo hubiera cubierto con un buen nuevo contrato.

Pero el argumento por el que finalmente decidió quedarse habla de su rectitud profesional, esa que tanta falta le hace a nuestros políticos, como los diputados, por ejemplo, que se rebajan al nivel de mercancía humana y los compran y se venden para andar de saltimbanquis –grillos o chapulines les decimos– sirviendo, sin ninguna dignidad, a intereses que solo ambicionan poder político; se convierten en esquiroles que uno se pregunta cómo es que son capaces de sentarse a la mesa y ver de frente a su familia.

Messi no se fue del club al que llegó, en 2000, a los 13 años como infantil y en el que se convirtió en el mejor jugador del mundo, superdotado técnicamente. En julio próximo tendrá ya la libertad para volar a donde quiera si quiere, pero se quiere ir en los mejores términos, nunca peleando contra la institución que, como reconoce, le dio todo. Acá, los políticos llegan a una curul postulados por un partido y de pronto les llega un cañonazo y ya lo están traicionando y combatiendo. Cómo hacen falta Messis en nuestra política.

Gil Gamés, Paul Auster, COVID-19…

Gil Gamés (tengo entendido que es el seudónimo de un reconocido escritor mexicano) leyó el viernes pasado (madrugada en México, seguramente ya avanzada la mañana en Londres) una entrevista que Gerardo Lissardy le hizo al escritor norteamericano Paul Auster, para la BBC, sobre el tema COVID-19. Subrayó unos párrafos de lo que dijo, y el mismo viernes los publicó en Milenio.

Uno de ellos: “Lo que he tratado de decir en muchas cosas de las que he escrito es que cualquier cosa le puede pasar a cualquiera en cualquier momento. Una vez que entendemos eso nos prepara mucho más para enfrentar la adversidad y lo inesperado que se precipita sobre nosotros continuamente”.

Otro: “La mitad del país no quiere usar mascarillas: creen que es una violación a su libertad. ¿Qué? ¿La libertad de morir? No entiendo el argumento”.

Y esto otro: “Todo está bien acerca de envejecer, excepto que eres viejo”.

Interesante, ¿no? Lo bueno de la gente inteligente es que lo pone a pensar a uno, a reflexionar.

Y el contraste

El mismo viernes, en Los políticos Veracruz leí la declaración del diputado de Morena, Víctor Emanuel Vargas Barrientos, quien no dejó pasar la oportunidad de tomar la jofaina, llenarla de agua y jabón, hacer espuma, afilar la navaja y hacerle la barba al gober Cuitláhuac a propósito que nadie de su gobierno se va como candidato so pena de que lo exhiba públicamente.

Dijo ¿don Víctor?, ¿don Emanuel? (como lo llamen): “Yo diría que no se trata de cortarle sus derechos políticos, yo de manera personal digo que hay una disciplina, una lealtad y un compromiso, pero sobre todo una responsabilidad tanto con la ciudadanía que con la persona que me toma en cuenta para el encargo como secretario”.

¿Cree, respetado maestro, que si existiera disciplina y lealtad hubiera habido necesidad de que el gobernador los encerrara, les leyera la cartilla y les pusiera una soga al cuello? La verdad es que muchos ya andaban como pepita en comal caliente y cual émulos de Cri Cri pensaban saltar en busca de un hueso mejor.

La permanencia de los mismos tiene sus dos lados: negativo, que se burocraticen y terminen odiando a todo el que requiera de sus servicios; positivo, que se profesionalicen aunque, ¿de quién aprenden si todos entraron igual, sin experiencia?

Categorías:Columnas, Prosa

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