Columnas

El juicio de la historia

Ni modo

Enrique Cerón

            No se salvará la figura de Luis Echeverría Álvarez de lo que Gustavo Díaz Ordaz llamaba el fallo inapelable de la historia.

            A pesar de sus aciertos como gobernante, que los tuvo -pocos o muchos, según se vea-, como ser el creador de la Universidad Autónoma Metropolitana, la Procuraduría Federal del Consumidor, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores, el Fondo Nacional de Consumo para los Trabajadores, el Centro de Investigación y Docencia Económica, la Procuraduría del Trabajo y el Instituto de Comercio Exterior, se le recuerda y se le recordará por siempre como uno de los personajes más siniestros de 1968, año que señala un México antes y un México después de esa fecha.

            Sin importar que el presidente Gustavo Díaz Ordaz haya asumido públicamente la responsabilidad “personal, ética, social, jurídica, política e histórica” por los sangrientos sucesos de aquel año, Echeverría asumió el poder en 1970 con el estigma de su participación en los hechos de ese verano ardiente, que condujeron al fatal desenlace del 2 de octubre en Tlaltelolco. Claramente, Díaz Ordaz pretendió deslindarlo de ello para que no le afectara en su campaña por la presidencia, pero no lo consiguió.

            Echeverría se esforzó por construirse otra imagen como presidente: progresista, aperturista, amigo de los jóvenes, líder tercermundista; pero, a pesar del crecimiento económico del país, elevó descomunalmente la deuda externa y devaluó la moneda, cuyo tipo de cambio se había mantenido estable por más de veinte años; esgrimió la razón de Estado frente a la guerrilla y sus opositores y los reprimió sin miramientos; la respuesta de los jóvenes a sus intentos de acercamiento fue la pedrada en la Ciudad Universitaria y en su propósito de alcanzar la secretaría general de la ONU fracasó estrepitosamente.

            Tal vez la rigidez del sistema político le impuso demasiadas limitaciones. Un indicio de ello podría ser su respuesta al cuestionamiento de Augusto Gómez Villanueva de por qué no lo eligió a él como sucesor: Si te hubiera elegido a ti, me hubieran dado un “allendazo”. Es decir, contra su fortaleza como presidente y pese a su conocimiento del sistema o quizá precisamente por eso, Echeverría temía correr la misma suerte de Salvador Allende: un golpe de Estado. No olvidaba sus diferencias con una facción del Ejército durante la campaña presidencial, que lo puso al borde de perder la candidatura.

            El final de su régimen fue una pesadilla para el pueblo: dos ajustes devaluatorios (uno en agosto de 1976, otro en noviembre siguiente); el intento de secuestro de una hermana del presidente electo (Margarita López Portillo), cuya autoría intelectual le atribuía la vox populi; los rumores de un golpe militar (que también él había echado a andar, según se decía) y su locuacidad, que alentaba más rumores, volvieron aciagos aquellos meses.

            La voz popular ha vuelto a condenarlo en su partida, aunque sale ganando, y por mucho, simplemente como constructor de instituciones, al insistir algunos en intentar compararlo con el actual presidente, precisamente el que quiere echar abajo lo mejor que se ha logrado en las últimas décadas.

            Algún comentarista recordó que Luis Echeverría fue el creador o principal impulsor de Cancún, el emporio turístico que da a México un importante ingreso de divisas; y, a propósito del AIFA, mencionó que además de la construcción del necesario aeropuerto para Cancún construyó toda una red de aeropuertos que mejoraron muy notablemente las comunicaciones en el extenso territorio de la República. No se borra la memoria de ello, ni la del gran número de escuelas, sobre todo agropecuarias, que se edificaron durante el echeverriato.

            Otro de sus logros: la aprobación por la ONU de la Carta de Deberes y Derechos Económicos de los Estados, que convirtió en parte de nuestro mar patrimonial a todo el Golfo de California o Mar de Cortés.

            Y, sin embargo, la Historia, con mayúscula, condena a ese personaje.

            Si ahora que se ha ido apareciera más información sobre esa etapa de nuestra historia en la que fue protagonista principalísimo y la responsabilidad que le atribuyen recayera en otros, aun así se le cuestionaría, pues como secretario de Gobernación tenía a su cargo la política interior, y un desempeño eficiente del mismo hubiera sido la solución pacífica del problema estudiantil.

            Por otra parte, ¿será cierto que Echeverría ordenó a Rogelio Agrasánchez filmar la matanza de Tlaltelolco? Eso únicamente puede ser producto de una mente enferma. Y el cuento de que ese material se perdió en el incendio de la Cineteca Nacional pocos lo creen; pocos creen que estuviera ahí y, si estuvo, pocos creen que no haya más copias.

            Alfonso Martínez Domínguez, el defenestrado jefe del Departamento del Distrito Federal por los hechos del 10 de junio de 1971, se deslindó y culpó de ello al entonces subsecretario de Gobernación Fernando Gutiérrez Barrios, como brazo ejecutor de Echeverría, en un reportaje publicado por la revista Proceso. Echeverría no lo contradijo, tampoco Gutiérrez Barrios.

            De modo que parece irrevocable la sentencia arrojada sobre quien fue presidente de la República de 1970 a 1976. Acompaña en el basurero de la Historia a personajes como Porfirio Díaz, quien a pesar de su impecable hoja de servicios a la Patria durante la Intervención Francesa continúa ahí, para mí injustamente, pero esto es lo de menos, y tal vez ni a eso llega mi opinión.

            El mensaje que interesa es la lección que de ello debería desprenderse para quienes pretenden (¿de verdad?) trascender como transformadores de la Nación, al nivel de los próceres de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Sueños de alguien que llegó al poder con un gran bono democrático y acaba de reconocer que tiene como adversarios a 25 millones de mexicanos. Y se quedó corto.

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