Miguel Ángel Sánchez de Armas
En memoria de Omar Raúl Martínez,
en el décimo aniversario de su temprana ausencia.

Se cumplieron 112 años de la invasión de Veracruz por marines gringos en abril de 1914. Este acto de guerra no declarada del gobierno de Woodrow Wilson fue justificado como “una ayuda a la democracia mexicana”, para “evitar” que el dictador Victoriano Huerta recibiera un cargamento de armas y municiones que venían de Alemania en el vapor “Ypiranga”. El barco en efecto no entró a la dársena, pero navegó a Puerto México, hoy Coatzacoalcos, y allá dejó su mercancía.
En Veracruz muchos mexicanos perdieron la vida ante un ejército experimentado y bien pertrechado al mando de sargentos que ansiaban tomar el país de una buena vez por todas. El ejército federal abandonó la plaza. Los cadetes adolescentes de la Escuela Naval tomaron las armas para resistir, un ejemplo que no debemos olvidar. También hubo civiles que improvisaron barricadas, combatieron desde azoteas y auxiliaron heridos entre el humo de la pólvora y el estruendo de los cañones navales. Veracruz resistió calle por calle, en una de esas derrotas militares que terminan convirtiéndose en victorias morales.
La invasión en realidad tuvo que ver con los veneros de petróleo que el diablo nos escrituró, y fue una suerte de ensayo de las operaciones que el vecino del norte desplegaría a lo largo del siglo XX en campos petroleros de todo el mundo. México era ya entonces uno de los grandes abastecedores de petróleo del mercado internacional y la Faja de Oro representaba un interés estratégico para compañías estadounidenses e inglesas. Tampico y Tuxpan comenzaban a adquirir un valor decisivo para la economía industrial que movería las guerras y los negocios del siglo XX.
El pretexto, digamos “oficial”, del asalto al puerto, fue un curioso incidente que tuvo lugar en Tampico el 9 de abril, unos días antes del desembarco. Por la Revolución, Washington mantenía naves de guerra patrullando las aguas de la costa mexicana para, oficialmente, “proteger” a sus trabajadores en la Faja de Oro y -extraoficialmente, uno puede suponer-, cuidar el oro negro que sus empresas chupeteaban de los mantos mexicanos.
El 5 de abril fuerzas revolucionarias atacaron a la guarnición federal estacionada en Tampico y la flota arribó para labores de evacuación (al grito de “¡directores, gerentes y supervisores primero!”). El día 9, un esquife del USS Dolphin penetró en un sector restringido del puerto -en procura de provisiones, según la versión oficial- y el piquete de marinos fue detenido e interrogado durante media hora, al cabo de la cual fue puesto en libertad con la advertencia de mantenerse fuera de la zona.
Ese insignificante incidente fue inflado a proporciones internacionales. El arrogante almirante Henry T. Mayo, al mando de la flota estadounidense en Tampico, exigió que se castigara al oficial mexicano que había detenido a los marineros y que el gobierno de México “desagraviara” a la bandera yanqui. En Washington, en una sesión conjunta del Congreso convocada el 20 de abril para responder a “la ofensa”, se pidió una declaración de guerra contra México, que finalmente quedó en el envío de una fuerza expedicionaria. La flota del Atlántico fue dirigida a Veracruz. El ataque comenzó el 21 y en menos de 24 horas tres mil marines habían ocupado la ciudad. El saldo fue de 19 invasores muertos y 71 heridos; los defensores tuvieron 126 bajas y 195 heridos.
¿Todo por la detención -legal, además de respetuosa, como se ha documentado- durante media hora, de una decena de marinos? ¿Perdieron la razón los padres de la patria jeffersoniana? ¿Enloqueció el doctor en ciencias políticas, ex profesor y ex rector de la Universidad de Princeton, Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos? No, desde luego. Aquello había sido una fabricación. La razón verdadera pasa por la relectura del apotegma de Dumas (padre): “Cherchez le pétrole!”
Aunque también el encono del país vecino tuvo que ver con la patología de aquellos años en la sociedad estadounidense, una supuración de odio e intolerancia hacia “los otros” que hoy vemos renacer con mayores bríos. Wilson hablaba el lenguaje de la democracia, pero detrás de ese discurso persistía la vieja noción del “Destino Manifiesto”: la idea de que Estados Unidos tenía no sólo el derecho, sino la obligación moral de corregir, vigilar y disciplinar a los pueblos latinoamericanos. Aquel paternalismo imperial sobrevivía debajo de los discursos universitarios y las invocaciones a la civilización.
Aquel martes 20 de abril de 1914, al mismo tiempo que en el Capitolio en Washington diputados y senadores vociferaban contra México, en el pequeño poblado de Ludlow, Colorado, la policía local y los guardias privados contratados por la Colorado Fuel and Iron Company –una hermanastra de las petroleras- tomaban a sangre y fuego un campamento de mineros sindicalistas y sus familias, que en esos momentos celebraban la Pascua Griega. Veinte muertos fue el saldo de la triste “masacre de Ludlow”, entre ellos una docena de mujeres y niños, baleados e incinerados por los valerosos gendarmes que rociaron querosén e incendiaron las zanjas en las que buscaron refugio. Una agencia de guardias privados llevó un vehículo blindado, el “Especial de la Muerte” con el que estuvo rociando metralla bajo la dirección del teniente Karl E. Lindenfelter. Ni uno de los agresores fue llevado ante la justicia, pero decenas de mineros fueron arrestados y puestos en las listas negras de la industria.
Si esta era la consigna para solucionar los problemas con sus propios ciudadanos, si en la mente de los gobernantes estaba grabada la verdad eterna de que los intereses de la industria están por encima de los derechos y de las vidas … ¿queda duda de hasta dónde habrían llegado en México?
Otro dato para comprender el estado de ánimo de aquella sociedad sajona (cualquier semejanza con la actual es una celestial coincidencia) es una confesión del soldado yanqui más condecorado de todos los tiempos, Smedley D. Butler, general brigadier de la infantería de marina, veterano de la toma de Veracruz, en su libro War is a Racket: “Pasé 33 años y cuatro meses en servicio militar activo y durante ese periodo la mayor parte del tiempo fui un golpeador de lujo al servicio de los Grandes Negocios, de Wall Street y de los banqueros. En pocas palabras, fui un mafioso, un gángster del capitalismo. Ayudé a que México, y en especial Tampico, fuera un lugar seguro para los intereses petroleros estadounidenses en 1914 […]. El problema con Estados Unidos es que cuando el dólar tiene ganancias locales de sólo el 6 por ciento, se torna inquieto y viaja a donde pueda ganar el 100 por ciento. Entonces la bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera.”
No faltaron incluso voces estadounidenses que denunciaron la expedición como una aventura imperial disfrazada de deber moral. Cambian los uniformes, las tecnologías y las plataformas financieras, pero el viejo principio permanece intacto: cuando los intereses estratégicos se sienten amenazados, la moral suele convertirse en simple utilería diplomática.
Lo dijo George Santayana y aquí se ha repetido hasta el cansancio: “Desconocer la historia es condenarse a repetir los mismos errores”.
10 de mayo de 2026
juegodeojos@gmail.com
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