Columnas

Carlos Juan Islas, el amanuense de la memoria papanteca

Luis Gastélum Leyva

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, dice Gabriel García Márquez en sus memorias. Con esta misma llave del Premio Nobel de Literatura, Carlos Juan Islas nos abre la puerta de aquel mundo mágico que fue y es su vida: Papantla, cuyo nombre en náhuatl significa “Lugar de pájaros muy ruidosos” y que ahora la definen como “La ciudad que perfuma al mundo” (supongo que por la vainilla). Y a su modo, con la máscara tierna y dulce de la alegría de haber vivido lo que vivió durante su niñez, y la dura y fría del dolor por aquello del ideal de que cualquier tiempo pasado fue mejor, Carlos Juan nos recrea en Los recuerdos del tiempo el apego entrañable a sus personajes, con los olores, sabores e imágenes que azotan como una tromba fascinante en medio de la canícula el rostro del lector, que imagina al niño Carlos Juan, alumno de primaria, llevándose el lápiz Ticonderoga a la lengua para ensalivar la punta del carbón y con letra manuscrita recalcar la palabra Papantla sobre la raya de un papel cualquiera donde dice: Lugar de nacimiento, con la emoción traslúcida del orgullo de ser de un pueblo, una calle, una casa, del mundo donde es él mismo pero de niño. Imagino al escritor y poeta Carlos Juan Islas medio siglo después escribiendo: “Todo empezó a morir al llegar el tiempo nuevo”, ahora con una pluma Montblanc y su puntilla de oro o aporreando con los dedos ajados y adoloridos las teclas duras de una vieja máquina de escribir Olivetti, o las teclas suaves y sutiles de una computadora Toshiba, mientras entreabre y cierra los ojos y se acomoda los lentes por el deslumbramiento de la luminosa pantalla de tantas pulgadas y de Liquid Crystal Display, LCD, ahora las siglas de nuestra conciencia y la única ventana a través de la cual vemos el mundo en pixeles.

“Todo empezó a morir al llegar el tiempo nuevo”, le dicta la memoria a Carlos Juan para recordar “los tiempos en que los perros se amarraban con chorizo”. Eso también lo escribe en Los recuerdos del tiempo, libro en el que el papanteco recurre a la ley no escrita del derecho a recordar y la obligación de no olvidar, al deber de la memoria como reconstrucción del pasado y a su papel de creador. Porque los recuerdos de Carlos Juan también enriquecen nuestra memoria. Porque con su vena irónica (“La ironía es la forma más incisiva de decir la verdad”, decía Borges) nos cuenta su mundo: la infancia de dichas y tristezas, donde nacen precisamente los recuerdos, y nos hace partícipes de sus vivencias de niño, “desde un tiempo que ni siquiera recordaba cuándo”, como él mismo dice, pero ya encantadas con su ingenio y su amor por las palabras, al fin poeta, y las desglosa y las recompone. Y es que el secreto de la observación de la infancia de Carlos Juan está en las palabras. Y en su humor, mostrado y demostrado en sus obras anteriores a Los recuerdos del tiempo y desde la trinchera del periodismo, propiamente desde su columna Postales re/tocadas de Xalapa que publica en Punto y aparte, donde se las ingenia para cada semana darnos su visión humorística de la azarosa vida que nos ha tocado vivir, en un mundo a caballo entre la mentira y la demagogia, que no es lo mismo pero es igual, y que ante el escepticismo de que cambie y se componga, el humor aparece como un medio eficaz para desmitificar la realidad y hacernos sentir mejor provocándonos una sonrisa. En términos legales, o leguleyos, como dirían en su pueblo, Carlos Juan clama por la verdad y la justicia de lo que, según él, fue y ya no es. Pero su imaginación también responde a la misma cita que hace de Borges: “Inventar y descubrir es recordar”. Porque en uno de los cuentos que complementan su libro de remembranzas y que subtitula Los murmullos, que remite al primer título de la novela cumbre de Juan Rulfo y en el que busca evitar que los recuerdos de su infancia se desmoronen “como si fueran un montón de piedras”, precisamente como Pedro Páramo, escribe: “Mira bien, Palomo, si es que ya tus ojos terminaron de llorar como los míos. ¿Ves ese agujero negro donde se pierde la vista? Allí se esconde la noche, allí se desbarrancan los recuerdos y no existe ni un alma que los haga subir ni a mentadas, así las ande calentando con toda su alma. Sólo hay frío en medio de tanta soledad. Si dejas caer un grito lo despedaza luego esa negrura. Si tiras una piedra te volverías viejo esperando que se detenga, porque cayendo ahí nada se para nunca. Esto no tiene fin. Este agujero vive de olvidos y a cada rato crece y crece nada más para abajo. Allí está tirado el silencio con la boca abierta tragándose todos los recuerdos”. De ese hoyo negro como una tumba donde vive el olvido, Carlos Juan sacó el ropero de la abuela, lo abrió y extrajo el baúl de los recuerdos, rompió la caja de la memoria y rescató el álbum de su infancia. Triunfó así la memoria contra el oprobio del olvido, como dijera Octavio Paz, y para quien los recuerdos son el presente que no termina de pasar. Por eso, recordar las vivencias del niño Carlos Juan es recrearnos su mundo papanteco y su destino, que escrito o no y aunque entonces él lo desconocía, es el mismo que hoy nos congrega aquí para hablar de Los recuerdos del tiempo, de la vida de un niño y su pueblo, su valle de lágrimas que abraza el calor del infierno, y recordarnos que aunque “todo empezó a morir al llegar el tiempo nuevo”, debajo del cemento Tolteca que cubren las calles de la capital del Totonacapan están las huellas de Carlos Juan, don Ramón Castañeda y su hija Cucú, su maestra de kínder Amparito Buil, el vocero pueblerino Agustín Babas, la cuentacuentos doña Marina, el pintor Teodoro Cano, el difunto Juan Grande, el volador Isidoro Sta’cu y todos los personajes, vivos y muertos, reales o ficticios y que como almas en pena recorren Los recuerdos del tiempo. Y por ser descendientes de la estirpe de una sola y pródiga memoria, todos ellos bien pueden decir como Juan Preciado en la obra capital de Rulfo: “Vine a Papantla porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Carlos Juan Islas”

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