Columnas

Plan B: La forma es fondo.

El desaseo imperdonable.

El corcholatero se oxida.

Manuel Zepeda Ramos.

«No se puede tener una reforma de las instituciones democráticas sin una democrática discusión de las reformas», dijo hace pocas horas Luis de la Calle en un programa de la televisión Nacional.

«La forma es fondo», lacónicamente concluyó el doctor de la Calle.

Cómo no iba a concluir con tal contundencia este intelectual que formara parte del equipo de México que discutiera con Canadá y Estados Unidos el primer Tratado de Libre Comercio -el TLC o NAFTA-, si lo que acababa de pasar en la cámara de diputados era un asunto muy delicado y vergonzoso que, sin duda, habrá de trascender.

Pocas horas antes, la oposición unificada -PRI, PAN, PRD, MC-, rechazaría las reformas constitucionales por no haber conseguido Morena los votos suficientes para la mayoría calificada que hubieran modificado, de tajo, al Instituto Nacional Electoral -INE-, en su esencia fundamental, decisión que la oposición habría de celebrar ante la opinión pública nacional con gran entusiasmo.

Hubieron de pasar unas horas para que la mayoría camaral representada por Morena, aprobara en fast track, sin discusión alguna y, por supuesto, sin conocer la litis de lo que se estaba validando -sin lectura pues, como le gusta al presidente, sin cambiarle ni una coma a un documento que quienes la aprobaron nunca conocieron, de ese tamaño-, un documento de casi 500 páginas que modificaba cinco leyes secundarias que incluían más de 450 artículos y una nueva ley de medios de impugnación, de nueva creación, que tiene que ver con castigos a opiniones vertidas públicamente -o algo así-, en caso de aprobarse.

Antes de someterse a la votación, la oposición abandonó la sala de plenos, la misma en donde el futbolista mundialista pozaricense apodado «el matador», se «echara» meses atrás, una chilena bien lograda a pesar de su edad para poner a la pelota en una de las entradas del recinto con la aprobación del presidente en ese momento; la oposición abandonó la sala, decía, porque esa aprobación requería solo de una mayoría simple para aprobarse, mayoría que Morena, solo, podía alcanzar.

Bastó la presencia del secretario de gobernación llevando a San Lázaro el documento de casi 500 páginas para que los diputados votaran sin chistar, sin saber lo que aprobaban y sin cambiarle una coma como al jefe le gusta dentro de lo que es, hoy, la «verdadera democracia».

Este documento reformatorio aprobado contiene palabras más, palabras menos, las reformas constitucionales que unas horas antes la oposición democrática había rechazado, escritas por cierto, dicen los que saben, por el equipo encabezado por el actual director general de la Unidad de Inteligencia financiera -UIA-, el economista Pablo Gómez.

Al otro día, ese basto documento fue enviado a la cámara de senadores para que fuera aprobado, también en fast track, para que de inmediato se publicara en el diario oficial de la federación.

Nada más que esa petición concreta del secretario de gobernación hecha personalmente por el segundo hombre del presidente, dicen los que saben, no fue cumplida en su petición estricta.

Ricardo Monreal, líder de Morena en el Senado y coordinador político, conocedor de las leyes, maestro universitario en la escuela de derecho de la UNAM y profundo respetuoso de la constitución, no solo no convocó de inmediato a su votación que la mayoría simple también la tiene en el senado, sino que el documento de marras lo hizo circular para su lectura con el objeto de que los senadores conocieran de lo que se trataba para iniciar el martes 6 de diciembre la discusión intensa y sus modificaciones correspondientes para devolverla a la cámara de diputados, cámara de origen, para sus modificaciones respectivas.

Sin embargo, el quince de diciembre se detienen los trabajos en las cámaras, reanudándose el próximo año.

Habrá que esperar a ver que sucede con el calendario extraordinario y la aprobación correspondiente de las leyes a modificar.

Mientras, las corcholatas que andan como el señor mapache -con sus cachivaches, decía Cri Crí-, por todo el país fuera de los tiempos electorales y gastando dinero que no son para eso, sin importar, pues, que están en pecado mortal, reciben la sugerencia de uno de ellos de que deben debatir y dicen que están de acuerdo y el presidente también. Los que saben ya preguntaron: ¿Y de que van a debatir? Tienen razón: ¿van a debatir de la situación educativa, o de los derechos humanos, o de los niños con cáncer, o del INSABI, o de las no vacunas, o de los muertos violentos, o de la burocracia calificada corrida, o de los feminicidios o de las grandes obras que nunca acaban de acabar y de empezar a operar, de los endeudamientos nacionales, de la inflación y de cuántas y cuántas cosas más? Solo quedan el aumento al salario mínimo, el apoyo a los adultos mayores, a los jóvenes construyendo el futuro y a los que siembren árboles. Deben de ponerse de acuerdo para que uno sea el que quede mal en cada debate; el que pague el pato, pues, para darle veracidad, pero sobre todo, evitar el aburrimiento.

Y de lo de Perú, ni hablemos. Todos se ríen y comparan con otros mandatarios.

La forma es fondo.

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