Columnas

Juguemos a plagiar

(A manera de anécdota)

Francisco Berlín Valenzuela dice:

      A propósito del supuesto plagio de su tesis de licenciatura que se le atribuye a la ministra Jazmín Esquivel Mosse, hecha  en septiembre de 1987, un año después de que el Lic. Edgar Ulises Baez Gutiérrez, presentara como tesis un  trabajo igual en julio de 1986, con el mismo título e índice, es oportuno recordar mi artículo: “JUGUEMOS A PLAGIAR” que a manera de anécdota, publiqué en mi reciente libro “Política y Derecho en Tiempos de Cambio”.

    Muchas personas piensan que el plagio de obras escritas o artísticas es una actividad muy socorrida en México y que no ha sido suficientemente limitada en las leyes de la materia, llegándose a ver este problema con una incomprendida indiferencia.  

    El que esto escribe ha sido motivo de plagio en muchas ocasiones. En algunas de ellas -para decirlo graciosamente en un juego de palabras-, el plagiado ignora que el plagiador lo ha plagiado, porque el que plagia oculta el origen de lo plagiado.

    A mi memoria vienen 4 ocasiones -que yo sepa- en las cuales el plagiador ocultó su acción hasta que se conoció su indebido proceder. En el primer caso, el objeto del plagio sufrido consistió en adjudicarse como propios, por parte del plagiador, capítulos de mi tesis de licenciatura intitulada: “Ensayo Sociológico-Jurídico sobre los Partidos Políticos de México”. En esta ocasión el alumno plagiador me insistió en el año de 1988 para que aceptara revisar el original de su trabajo, debido a que tenía urgencia de presentar el examen respectivo y el Seminario de Teoría del Estado había sugerido que yo fuera el revisor. Al leer cuidadosamente su tesis pude percatarme que dos de sus capítulos me eran familiares, consultándolos y comparándolos de inmediato con mi tesis, escrita en el año de 1965, que había sido muy comentada por ser la primera vez que en la Facultad de Derecho de la UNAM se hacía un trabajo recepcional sobre el tema de los partidos políticos.

    Al confrontar al alumno en mi domicilio, donde lo había citado para revisar su tesis, me percaté de inmediato que no tenía ni la menor idea de los capítulos plagiados y que ignoraba que había tenido la mala suerte de buscar como su asesor de tesis al autor de la tesis plagiada. La conclusión obtenida de esta experiencia fue que había pagado una cantidad de dinero para que gente sin escrúpulos dedicada a esa actividad le hiciera su trabajo de plagio.

    El segundo caso, se presentó cuando un conocido abogado me pidió una audiencia para hacerme saber que su interés por los asuntos electorales, lo había llevado a encargarle a algunos amigos y colaboradores, elaborar un libro sobre el tema, pues estaba consciente de que había muy poca bibliografía en México. Cuando le entregaron la obra se percató que era una copia íntegra del “Derecho Electoral: Instrumento Normativo de la Democracia”, escrito por mí y publicada por la Casa Editora Porrúa en el año de 1980 y que había presentado como trabajo de investigación para obtener el grado de Doctor en Derecho. Sabedor de esta situación me hizo entrega de la obra plagiada para que procediera yo a destruirla.

    En la tercera ocasión el plagiador se encargó de plagiar ideas y conceptos contenidos en una de mis obras, por encargo de su jefe que las requería para incluirlas en un discurso que iba a pronunciar semanas más tarde en un evento de carácter electoral. Tuve la fortuna de haber recibido una invitación especial para asistir a este acto y el ponente tuvo la mala suerte de que yo fuera invitado y escuchara mis ideas plagiadas. Días después, respetuosamente por la admiración que le tenía, hice saber al sustentante que había sido engañado por los asesores a quienes encargó que le escribieran algunas notas para su intervención. Al investigar el distinguido maestro esta penosa situación, con gran dignidad me ofreció una disculpa por lo sucedido y me hizo saber que el plagio era más grande de lo que él pensaba,  pues los párrafos insertados en su discurso, no habían sido sacados de mi libro, pues fueron copiados de una revista publicada en una importante entidad federativa en la que un abogado -conocido mío- había publicado un artículo plagiando textualmente varios párrafos escritos por mí muchos años antes. Así que la experiencia obtenida, es que el plagiador resultó plagiado por otro plagiador, en un escenario de plagios continuos y desconocidos.

    En la cuarto plagio se vieron involucrados asesores de funcionarios de la Secretaría de Gobernación, con motivo de la Reforma Política del año de 1990, cuando plagiando una propuesta hecha en la página 165 de mi libro Derecho Electoral, recomendaron que se creara la credencial permanente de elector con fotografía para aumentar la credibilidad en los procesos electorales en México. Ahí escribí en el año de 1980, que “El elector registrado en el censo, recibe un documento público denominado Tessera en Italia, Poll Card en Inglaterra, Cédula Electoral en España, Carta Electoral entre los franceses y en México Credencial Permanente de Elector. Dada que una de las funciones de este documento, es servir para la identificación física de los miembros del cuerpo electoral, el legislador en ocasiones no se muestra tan exigente y permite que se pueda ejercer el derecho al voto en algunos casos sin la presentación del mismo, si aparece inscrito en el censo y demuestra por otros medios su identidad. Se comprende por lo anterior -agregaba- la importancia que el censo encierra para acreditar el derecho al voto, hacer la delimitación territorial y servir de auxilio a los participantes en la lucha electoral, por lo que creemos que deben de aprovecharse todos los medios técnicos modernos, para hacer más eficiente la inscripción en los registros y más útiles las cédulas o credenciales electorales, para lo cual mucho ayuda el servirse de las computadoras y el sistema “Polaroid” de identificación”.

    Finalmente, agregaba yo un razonamiento de gran importancia para la credibilidad de las elecciones en México, en el que sugería darle una utilidad muy importante para los electores, a fin de provocar su interés por poseerla, al expresar que: “Es indudable que la vida política de un país se enriquece mucho si existe un buen padrón electoral , por lo que los organismos encargados de su elaboración (Secretaria de Gobernación entre ellos), deben motivar a la ciudadanía a obtener su registro, para lo cual recomendamos que se declare oficialmente como documento único de identidad para todo tipo de trámites personales a la Credencial Permanente de Elector perfeccionada….”

    A mí en lo personal me dio mucho gusto que mis propuestas e ideas encontrarán eco para ser útiles a mis semejantes, pero al menos se pudo haber citado la fuente, como es propio de la vida académica aunque no siempre del medio oficial.

    Como se aprecia, este juego de plagiar tiene muchos adeptos en México, por lo que lo mismo participan ciudadanos como autoridades. Que se siga entonces  practicándolo mientras no se tome en serio su prohibición, la cual urge hacer para evitar los penosos casos que suelen presentarse.

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